Hace algunos años, no recuerdo cuántos, tuve la necesidad de volver a ver a mi maestra de jardín de infantes. Aquella “seño Lili” de la que tenía imágenes incrustadas en la memoria. Así que en el siguiente viaje que hice a Los Toldos la busqué. Y la encontré.
Mi mamá me ayudó. Ella se acordaba el apellido, así que la buscamos en la guía de teléfono y dimos con el nombre enseguida. Anotamos la dirección y al otro día fuimos. Muy bien no me acuerdo, pero creo que tuvimos que repetir la visita porque no estaba en su casa.
Al encontrarla, charlamos un poco de las cosas que andábamos haciendo y antes de irme nos sacamos una foto para registrar el encuentro. Y yo quedé en mandarle una copia por correo. Cosa que no hice; sino que se la acerqué la siguiente vez que viajé a Los Toldos. La dejé en una oficina donde ella trabajaba en un sobre con mi dirección de correo electrónico.
Ese fue, sin duda, el punto de partida de mi re-encuentro con mi infancia no tan lejana.
Mi mamá me ayudó. Ella se acordaba el apellido, así que la buscamos en la guía de teléfono y dimos con el nombre enseguida. Anotamos la dirección y al otro día fuimos. Muy bien no me acuerdo, pero creo que tuvimos que repetir la visita porque no estaba en su casa.
Al encontrarla, charlamos un poco de las cosas que andábamos haciendo y antes de irme nos sacamos una foto para registrar el encuentro. Y yo quedé en mandarle una copia por correo. Cosa que no hice; sino que se la acerqué la siguiente vez que viajé a Los Toldos. La dejé en una oficina donde ella trabajaba en un sobre con mi dirección de correo electrónico.
Ese fue, sin duda, el punto de partida de mi re-encuentro con mi infancia no tan lejana.
En el transcurso de estos años, desde ese encuentro hasta hoy mismo, se fue incrementando la cercanía con los niños y con mi niñez también, por que no. En varias ocasiones tuve la oportunidad de compartir lo que hago (música) entre niños y empezar así a comprender que eso hace muy bien de los dos lados. Me refiero a que a uno, que hace música, poder compartirla entre un público tan abierto lo complace mucho y, a su vez, lo hace crecer en el sentido musical y humano también. Y la música sirve de incentivo para esos oyentes-activos que están alrededor, y que escuchan y ven la música desde otra perspectiva.
Así, de a poquito, fue creciendo en mi interior la idea de que hacer música en jardines y escuelas era una buena idea.
Hace un año, mi tío Alejandro me llama por teléfono y me dice:-“Pablo, hace un rato llegó a la escuela un viajero francés. Hace música y cuenta cuentos. Y anda buscando donde dormir ésta noche. ¿Podrá quedarse en tu casa?”. Para ese entonces yo vivía con mis papás, así que le pregunté a mi vieja si éste viajero podía hacer noche.
Samuel Allo es su nombre. Y sí, esa noche se quedó en mi casa. Y nos contó su historia:-“Vengo viajando desde Canadá. Voy por las escuelas contando cuentos de mi tierra (Bretaña, Francia), y tocando la flauta. Y también enseño danzas bretonas a los chicos para que bailen mientras toco alguna melodía. Y, a veces, hago malabares. Lo único que pido es un lugar donde dormir para, al otro día, seguir mi viaje-”
Conocer a Samuel fue tan increíble como su historia de viaje y de vida. Su viaje consistía en contar cuentos, tocar canciones, y compartir todo eso que era él en ese momento. No gastaba dinero en transporte. Caminaba o hacia dedo. Y así había llegado desde Canadá hasta Ushuaia, y ahora en Bariloche pensaba seguir para Chile.
¡Era más que evidente: el compartir música (que es lo que amo con pasión y trato de hacer lo mejor posible), con los niños se podía! ¡¡Y funcionaba!!
Hace una semana viajé, después de varios años, a Los Toldos. Pueblo dónde nací y viví mi infancia. Fui a visitar a mi abuelo y con muchas ganas de ir a mi jardín. Estuve unos días con la idea de ir cuando sea el momento indicado. Y así fue. Ese día me desperté y sabía que tenía que ir.
Después de almorzar guardé mis flautas en la mochila, me colgué la gaita y salí caminando por Liniers. Sabía que si seguía derecho por esa calle iba a llegar justo al jardín.
En el trayecto pensaba qué iba a decir para explicar que sólo iba de visita y que, si ellos querían, podía tocar un poco la gaita para regalarles un poco de lo que hago. También me acordaba de Samuel y de mi infancia, sensaciones. Pero enseguida supe que tenía que dejar que la cosa fluya, y que, más que nunca, todo iba a estar bien.
Entré y, tratando de reconocer los espacios, pregunté por alguien con quien pueda hablar. Así di con Marta, la directora del jardín. Le conté lo más claramente posible quién era y qué hacía yo ahí. Después de charlar un ratito con ella y una señora mas, que estaba presente, me invitó a recorrer el jardín. El patio, la “ex-cocina”, la “cocina nueva”, algunas personas que trabajan ahí, y las salas con sus integrantes dentro.
Fue una de las “seños” la que dijo “- ¿y trajiste algún instrumento para mostrarnos?-”. Así fue como salimos todos al patio y pude devolverle a mi jardín un poco de lo que me dio cuando yo fui. Había muchas caras de asombro y curiosidad entre el público. Y yo trataba de tocar y a la vez grabarme cada mirada y gesto en las caras de los pequeños. Esa situación, para mí, era el deseo hecho realidad. Una “loca” idea hecha realidad casi sin querer,…queriendo.
Toqué varias melodías y expliqué un poco de qué se trataba el instrumento que estaba tocando. Y los nenes de salita de 5 me enseñaron un saludo mapuche.
Me resulta difícil expresar lo que significó ese encuentro, para mí. Siempre creí que cuando pasa eso es porque no hace falta decir nada. Es para uno eso que se quiere decir y que no se puede.
Pero de todas maneras quise, con éste collage, dejar un registro del encuentro.
Pasaron 16 años para que yo volviera a mi jardín y sentí que debía escribirlo para que quede bien presente.
Agradezco mucho al Camino y sus viajeros por haberme dejado llegar a éste lindo momento, que no es puerto sino ánimo para seguir adelante.
Muchas gracias a Lili, a la gente toda del jardín y a los nenes todos y cada uno.
