sábado, 1 de noviembre de 2008

Collage de Encuentros

Hace algunos años, no recuerdo cuántos, tuve la necesidad de volver a ver a mi maestra de jardín de infantes. Aquella “seño Lili” de la que tenía imágenes incrustadas en la memoria. Así que en el siguiente viaje que hice a Los Toldos la busqué. Y la encontré.
Mi mamá me ayudó. Ella se acordaba el apellido, así que la buscamos en la guía de teléfono y dimos con el nombre enseguida. Anotamos la dirección y al otro día fuimos. Muy bien no me acuerdo, pero creo que tuvimos que repetir la visita porque no estaba en su casa.
Al encontrarla, charlamos un poco de las cosas que andábamos haciendo y antes de irme nos sacamos una foto para registrar el encuentro. Y yo quedé en mandarle una copia por correo. Cosa que no hice; sino que se la acerqué la siguiente vez que viajé a Los Toldos. La dejé en una oficina donde ella trabajaba en un sobre con mi dirección de correo electrónico.

Ese fue, sin duda, el punto de partida de mi re-encuentro con mi infancia no tan lejana.


En el transcurso de estos años, desde ese encuentro hasta hoy mismo, se fue incrementando la cercanía con los niños y con mi niñez también, por que no. En varias ocasiones tuve la oportunidad de compartir lo que hago (música) entre niños y empezar así a comprender que eso hace muy bien de los dos lados. Me refiero a que a uno, que hace música, poder compartirla entre un público tan abierto lo complace mucho y, a su vez, lo hace crecer en el sentido musical y humano también. Y la música sirve de incentivo para esos oyentes-activos que están alrededor, y que escuchan y ven la música desde otra perspectiva.

Así, de a poquito, fue creciendo en mi interior la idea de que hacer música en jardines y escuelas era una buena idea.


Hace un año, mi tío Alejandro me llama por teléfono y me dice:-“Pablo, hace un rato llegó a la escuela un viajero francés. Hace música y cuenta cuentos. Y anda buscando donde dormir ésta noche. ¿Podrá quedarse en tu casa?”. Para ese entonces yo vivía con mis papás, así que le pregunté a mi vieja si éste viajero podía hacer noche.
Samuel Allo es su nombre. Y sí, esa noche se quedó en mi casa. Y nos contó su historia:-“Vengo viajando desde Canadá. Voy por las escuelas contando cuentos de mi tierra (Bretaña, Francia), y tocando la flauta. Y también enseño danzas bretonas a los chicos para que bailen mientras toco alguna melodía. Y, a veces, hago malabares. Lo único que pido es un lugar donde dormir para, al otro día, seguir mi viaje-”
Conocer a Samuel fue tan increíble como su historia de viaje y de vida. Su viaje consistía en contar cuentos, tocar canciones, y compartir todo eso que era él en ese momento. No gastaba dinero en transporte. Caminaba o hacia dedo. Y así había llegado desde Canadá hasta Ushuaia, y ahora en Bariloche pensaba seguir para Chile.


¡Era más que evidente: el compartir música (que es lo que amo con pasión y trato de hacer lo mejor posible), con los niños se podía! ¡¡Y funcionaba!!


Hace una semana viajé, después de varios años, a Los Toldos. Pueblo dónde nací y viví mi infancia. Fui a visitar a mi abuelo y con muchas ganas de ir a mi jardín. Estuve unos días con la idea de ir cuando sea el momento indicado. Y así fue. Ese día me desperté y sabía que tenía que ir.
Después de almorzar guardé mis flautas en la mochila, me colgué la gaita y salí caminando por Liniers. Sabía que si seguía derecho por esa calle iba a llegar justo al jardín.
En el trayecto pensaba qué iba a decir para explicar que sólo iba de visita y que, si ellos querían, podía tocar un poco la gaita para regalarles un poco de lo que hago. También me acordaba de Samuel y de mi infancia, sensaciones. Pero enseguida supe que tenía que dejar que la cosa fluya, y que, más que nunca, todo iba a estar bien.
Entré y, tratando de reconocer los espacios, pregunté por alguien con quien pueda hablar. Así di con Marta, la directora del jardín. Le conté lo más claramente posible quién era y qué hacía yo ahí. Después de charlar un ratito con ella y una señora mas, que estaba presente, me invitó a recorrer el jardín. El patio, la “ex-cocina”, la “cocina nueva”, algunas personas que trabajan ahí, y las salas con sus integrantes dentro.


Fue una de las “seños” la que dijo “- ¿y trajiste algún instrumento para mostrarnos?-”. Así fue como salimos todos al patio y pude devolverle a mi jardín un poco de lo que me dio cuando yo fui. Había muchas caras de asombro y curiosidad entre el público. Y yo trataba de tocar y a la vez grabarme cada mirada y gesto en las caras de los pequeños. Esa situación, para mí, era el deseo hecho realidad. Una “loca” idea hecha realidad casi sin querer,…queriendo.


Toqué varias melodías y expliqué un poco de qué se trataba el instrumento que estaba tocando. Y los nenes de salita de 5 me enseñaron un saludo mapuche.


Me resulta difícil expresar lo que significó ese encuentro, para mí. Siempre creí que cuando pasa eso es porque no hace falta decir nada. Es para uno eso que se quiere decir y que no se puede.
Pero de todas maneras quise, con éste collage, dejar un registro del encuentro.
Pasaron 16 años para que yo volviera a mi jardín y sentí que debía escribirlo para que quede bien presente.



Agradezco mucho al Camino y sus viajeros por haberme dejado llegar a éste lindo momento, que no es puerto sino ánimo para seguir adelante.
Muchas gracias a Lili, a la gente toda del jardín y a los nenes todos y cada uno.

sábado, 25 de octubre de 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

sábado, 23 de agosto de 2008

lunes, 4 de agosto de 2008

La Chica Perdida

Hace unos meses que estoy trabajando en varios kioscos. En uno de ellos encontré varios papeles y cosas olvidadas. Entre ellas estaba ésta foto.
No sé por qué, pero la guardé. Quizás por ese pensamiento que siempre me sigue, el de las cosas que nunca llegan a destino, que se pierden y son olvidadas. Me genera mucha curiosidad eso.
Y al ver ésta foto una sensación extraña e incoherente se asoma tímidamente...
En fin...no tiene sentido buscarle la razón a algo que no la tiene.



domingo, 29 de junio de 2008

Mi abuelo Pedro

Escucho Gardel y es inevitable acordarme de mi abuelo.
En mi familia, especialmente mi "vieja", dicen que tengo muchas cosas parecidas a mi abuelo Pedro. Una de ellas es la incongruencia del mundo conmigo mismo; inconforme con las cosas hechas "asi nomas", el que no me cae nadie bien de entrada, lo renegado a veces. Una de las cosas que comparto con él es el hecho de que a la mañana, ni bien me levanto, no me gusta que me hablen. "No es que esté enojado, pero mejor es que se queden callados por un buen rato", dijo mi abuelo y yo pienso igual.
Tengo pensado ir a verlo dentro de no mucho tiempo porque ya está grande y la salud nos viene diciendo que es momento de ir a verlo, para verlo bien ahora y disfrutarlo. Porque después ya será muy tarde y habrá que atender otros asuntos. Y, haciendo caso a mi "intuición", quiero ir a verlo cuando no haya parientes visitándolo, no sé muy bien la causa pero creo que será lo mejor.
Hablar de mi abuelo Pedro, para mi es especial. Pero nunca lo hago, trato de guardarme ese tipo de cosas para mi. Él tampoco es de hablar demasiado, quizás esa herencia se manifiesta en mi en ese silencio al tener que hablar con alguien sobre él. Conjugado con el hecho de que siempre estuve lejos, no recuerdo haber estado mas de dos semanas cerca.
En fin...mi abuelo Pedro fue el primer pensamiento que tuve al levantarme hoy temprano y cuando venia en el colectivo al laburo, y ahora tambien al escribir éstas torpes palabras sobre él.

miércoles, 11 de junio de 2008

Silencio

Hay días de silencio. A veces no son mas que pequeños lapsos en los que el silencio reina.
Hoy es uno de esos días.
Recien, al subir al colectivo, caí en la cuenta de mi silencio. No había pronunciado una palabra en toda la mañana. Y al decir "hola" (al chofer), fue significativo el empeño que tuve que hacer para que el sonido saliera. Casi no lo logro.
Qué pasaría si de un momento a otro nos enteramos que tenemos un límite de palabras para usar. Un límite de conversaciones para entablar. Un límite impuesto por la naturaleza. Un límite que no se podría eludir. Qué pasaría?
Pienso que seríamos mas cautos al usar nuestra voz para hablar, y diríamos cosas realmente importantes. Y tambien que le daríamos mas importancia a la sonrisa, a las miradas, a los abrazos, a todos esos gestos corporales que tambien "hablan", pero que ahora son suplantados por el bombardeo de palabras.
Tambien creo que habría mas espacio para la música, para escuchar los pájaros y la lluvia. Al caminar escucharíamos nuestros pasos, el rítmo, nuestro rítmo. Entenderíamos nuestro papel en ésta vida, o por lo menos tendríamos un poco mas claro ese tema.
El mundo sería mas silencioso, y daría lugar al creciemiento real.

Qué pasaría si ésto no fuese solo una fantasía de un insignificante individuo y fuera real? qué me pasaría a mi? a vos? qué nos pasaría?