sábado, 12 de septiembre de 2009

Un hombre-poesía para mi.Bicicleta-stand, banquito para sentarse, plantas algo exóticas, una mirada amable, dos album´s de fotos de las platnas que tiene en su casa, pocas palabras que suenan como pájaros y aroma a tierra mojada por la lluvia.Una poesía andante en la feria de la Plaza Italia en La Plata.fotos: Clarisa
Lugar: plaza Italia, La Plata

lunes, 18 de mayo de 2009

Re-encuentros

Hace algunos años me pregunté: “qué será de la vida de mi maestra de jardín de infantes. Aquella seño Lili.” Ese fue el inicio, la chispa que despertó el deseo de volver a verla algún día quizás.
En mi siguiente viaje a Los Toldos, mi pueblo natal, fui con la intención de ubicarla e ir a visitarla si era posible. Yo era un adolescente ya, pero a pesar de ello mi mamá me ayudó a encontrarla. La buscamos en la guía de teléfono, donde encontramos la dirección. No recuerdo si llamamos antes por teléfono, pero sí tengo nítido el momento en que fuimos a su casa. Entré y ella recién se había duchado. Me miró un instante y, según ella, se acordaba de mí.
Charlamos un ratito de lo que era mi vida por allá, el lejano Bariloche. Le conté de mis cosas y ellas de las suyas. De su trabajo, todavía en el nivel inicial, de sus hijas y de todo un poco. Después de compartir unos mates, nos sacamos una foto para tener de recuerdo. “Mandámela por correo cuando la tengas”, me dijo antes de despedirnos, cosa que tomé como un compromiso.
Así fue como ese año me di el gusto de volver a ver a Lili, mi seño de jardín.

La foto quedó guardada un buen tiempo. Tuve la intención de mandarla por correo, pero nunca me decidí realmente porque al fin y al cabo no la mandé.
Después de un año o dos viajé nuevamente a Los Toldos. Lleve la foto para entregársela en persona a Lili. Fui hasta el jardín donde ella era directora. Fui ahí donde me enteré que ese ya no era su cargo. “Ahora es inspectora“, me comentó la portera del lugar, si mal no recuerdo.
Le pedí instrucciones de cómo encontrarla. Ésta señora me indicó la oficina donde Lili trabajaba. Así que allá fui, algo confundido con las calles del pueblo, pero confiado de que iba a encontrar el lugar.
Finalmente llegué. Al entrar había unas escaleras de bastantes escalones que me llevaron hasta una puerta que golpee suavemente, como para que me escuchen pero sin ser molesto. Salió otra señora, ésta más joven que la anterior. Le pregunté por Liliana. “No está en éste momento, ¿para qué la buscabas?”, me dijo. Así que le conté sobre mi “misión” de hacerle llegar la foto.
Después de charlar un rato, resolvimos que yo le iba a dejar un sobre con la foto, una pequeña carta y mis datos (por si algún día necesitara encontrarme) en esa oficina para que después se la dieran a Lili. “Yo te doy el teléfono de ella así la llamas y le contás lo que le dejaste acá”, me dijo aquella amable señora mientras me escribía, en un pedacito de papel, el número.
Al volver a la casa de mi abuelo (donde estaba parando aquellos días) la llamé y le conté la novedad. Se puso contenta de escucharme y porque ahora tenía la foto. Pensaba que me había olvidado de dársela. Me contó que estaba muy ocupada esos días y que por eso era difícil dar con ella. Nos saludamos con un “hasta pronto” y así terminó la charla.
De ésta manera, había vuelto a hacer contacto con aquella seño que me cantaba canciones con su guitarra en el jardín, con Lili. Y eso fue todo por un buen tiempo.

Todo aquello quedó guardado en la memoria. Yo seguí con mi vida lejos de mi pueblo natal.
Siguiendo a un amor me mudé varias veces a Mendoza y fue viviendo ahí cuando recibo un mail de Lili. Mi seño de jardín me había escrito un mail!!!
Me contaba que mudándose de oficina había encontrado el papelito donde yo le había escrito mi dirección de mail. Fue así que intercambiamos algunas palabras contándonos mutuamente sobre nuestras vidas.
La relación con aquella muchacha que vivía en Mendoza no marchaba muy bien, y yo cada vez me sentía peor y con ganas de cambiar para estar mejor. Llegó el día en que resolví que todo eso ya no tenía sentido. Pedí al ritmo natural de las cosas que me guiara para encontrar un nuevo rumbo a seguir.
Fue así que a las pocas semanas estaba en Bariloche, con muchas ganas de aprender a estar mejor y, por supuesto, a continuar con mi vida musical.
Todo comenzó a mejorar de a poco. Seguía teniendo contacto con Lili y la promesa de que en mi siguiente viaje a Los Toldos la visitaría.
Surgieron las ganas de ir a ver a mi abuelo, así que principios de octubre me encontró en mi pueblo natal. Llevé mi gaita escocesa con la idea de visitar mi jardín y tocar para los chicos. Así fue, y no solo en el jardín, también en dos escuelas mas y en un concierto en la plaza del pueblo.
Fue en esa ocasión donde Lili fue a escucharme. Yo había conocido a su hija mas chica (días antes y de casualidad) que también participaba de ese evento. Mi mamá, que en ese entonces estaba cuidando a mi abuelo, también estaba en la plaza. Después de tocar, charlando sobre no recuerdo qué, Lili me dice “Pablito, yo tengo una hija que cumple años el mismo día que vos”.
Muy loco me sonó aquello. Habíamos nacido el mismo día, del mismo año y en el mismo lugar!! Habíamos nacido juntos.
“Se tendrían que conocer”, continuo Lili, siempre con un tono sugerente.
Ya de vuelta en Bariloche un día abro mi Messenger y “clari” me había agregado. A los pocos días chateo con aquella muchacha quien tenía mi mail gracias a su mamá “ganchera” (como a ella misma le gusta autodefinirse).
De a poco empezamos a saber de nuestras vidas. Clarisa estudiaba en La Plata, ya terminando su carrera. Así como ella me contaba de sus cosas, también se iba enterando de las mías.
Eran sorprendentes las coincidencias y nos divertíamos con ellas. Leer un mail de Clarisa o chatear un rato se había convertido en algo que me gustaba. Era una sensación extrañamente muy agradable y siempre quería que se repitiese. La idea de conocernos cara a cara ya estaba presente en nuestras charlas. Era algo que iba a pasar en un futuro próximo, ese era mi sentimiento y sospecha.

En enero del 2009 vuelvo a ver a aquella muchacha de Mendoza. Estaba acá, en Bariloche. Después de algunos días y charlas de por medio, volvimos a estar juntos. Quizás por inercia o porque todavía quedaban cosas lindas por compartir.
Todo aquello era muy confuso para mí. Había sufrido mucho y ahora estaba bien; me costaba ceder espacio para eso que ya conocía. De todas maneras, una vez más, me di otra oportunidad. Fueron algunas semanas intensas en las que no estaba mal pero si intranquilo. Disfrutaba de todo aquello pero resultaba tan incoherente con el pasado que a veces me sentía incómodo.

Estaba trabajando y suena mi teléfono, un número desconocido: “Hola Pablo! Soy Clari (…) Saqué el pasaje!! El sábado llego a Bariloche”. Tan sorprendido como contento recibí la noticia. Venía a visitarme sin conocerme y habiendo charlado vía internet apenas dos meses y algo. Pero eso no importaba, yo ya estaba preparando los mates para recibirla.

Fue grande la tormenta que hubo los primeros días después de su llegada. Llegó a su fin definitivo todo aquello que me tenía intranquilo y confundido. Fue el sello de fuego para que todo quedara depositado en la memoria.

Conocer a Clarisa fue, sin duda, un re-encuentro. De alguna manera extrañaba su presencia. Hoy podría escribir hojas y hojas de cosas lindas que nos pasaron a pesar del “poco tiempo” que compartimos “cerca”, geográficamente hablando. Ella acá; sentirse parte de mi familia y como en su casa, descubrir un bosque juntos y tomar mates admirando la inmensidad de la naturaleza. Yo; ir a La Plata a visitarla y conocer a sus amigos que me dicen “Pablito, vos sos Pablito no?” Sentirme parte de su familia también y estar como en casa. Visitar el pueblo que nos vio nacer y tomar mates al atardecer dejando de lado todo, hasta el tiempo mismo.
Hoy pienso en aquella mañana en la que me pregunté “qué será de mi seño de jardín?”. Pregunta que apareció como una mariposa en el patio, y que con su vuelo sugerente fue la chispa para tantas cosas insospechadas para mí y que hoy son parte de mi vida.

Clarisa y yo hemos decidido unirnos mediante un ceremonia pronto. Y, después, vivir juntos viajando o en algún lugar, como sea pero juntos, compartiendo.
Por eso es que éste relato no termina acá, queda abierto para nuevas palabras…

Con el alma confiada y el corazón lleno de amor sigo caminando…


sábado, 1 de noviembre de 2008

Collage de Encuentros

Hace algunos años, no recuerdo cuántos, tuve la necesidad de volver a ver a mi maestra de jardín de infantes. Aquella “seño Lili” de la que tenía imágenes incrustadas en la memoria. Así que en el siguiente viaje que hice a Los Toldos la busqué. Y la encontré.
Mi mamá me ayudó. Ella se acordaba el apellido, así que la buscamos en la guía de teléfono y dimos con el nombre enseguida. Anotamos la dirección y al otro día fuimos. Muy bien no me acuerdo, pero creo que tuvimos que repetir la visita porque no estaba en su casa.
Al encontrarla, charlamos un poco de las cosas que andábamos haciendo y antes de irme nos sacamos una foto para registrar el encuentro. Y yo quedé en mandarle una copia por correo. Cosa que no hice; sino que se la acerqué la siguiente vez que viajé a Los Toldos. La dejé en una oficina donde ella trabajaba en un sobre con mi dirección de correo electrónico.

Ese fue, sin duda, el punto de partida de mi re-encuentro con mi infancia no tan lejana.


En el transcurso de estos años, desde ese encuentro hasta hoy mismo, se fue incrementando la cercanía con los niños y con mi niñez también, por que no. En varias ocasiones tuve la oportunidad de compartir lo que hago (música) entre niños y empezar así a comprender que eso hace muy bien de los dos lados. Me refiero a que a uno, que hace música, poder compartirla entre un público tan abierto lo complace mucho y, a su vez, lo hace crecer en el sentido musical y humano también. Y la música sirve de incentivo para esos oyentes-activos que están alrededor, y que escuchan y ven la música desde otra perspectiva.

Así, de a poquito, fue creciendo en mi interior la idea de que hacer música en jardines y escuelas era una buena idea.


Hace un año, mi tío Alejandro me llama por teléfono y me dice:-“Pablo, hace un rato llegó a la escuela un viajero francés. Hace música y cuenta cuentos. Y anda buscando donde dormir ésta noche. ¿Podrá quedarse en tu casa?”. Para ese entonces yo vivía con mis papás, así que le pregunté a mi vieja si éste viajero podía hacer noche.
Samuel Allo es su nombre. Y sí, esa noche se quedó en mi casa. Y nos contó su historia:-“Vengo viajando desde Canadá. Voy por las escuelas contando cuentos de mi tierra (Bretaña, Francia), y tocando la flauta. Y también enseño danzas bretonas a los chicos para que bailen mientras toco alguna melodía. Y, a veces, hago malabares. Lo único que pido es un lugar donde dormir para, al otro día, seguir mi viaje-”
Conocer a Samuel fue tan increíble como su historia de viaje y de vida. Su viaje consistía en contar cuentos, tocar canciones, y compartir todo eso que era él en ese momento. No gastaba dinero en transporte. Caminaba o hacia dedo. Y así había llegado desde Canadá hasta Ushuaia, y ahora en Bariloche pensaba seguir para Chile.


¡Era más que evidente: el compartir música (que es lo que amo con pasión y trato de hacer lo mejor posible), con los niños se podía! ¡¡Y funcionaba!!


Hace una semana viajé, después de varios años, a Los Toldos. Pueblo dónde nací y viví mi infancia. Fui a visitar a mi abuelo y con muchas ganas de ir a mi jardín. Estuve unos días con la idea de ir cuando sea el momento indicado. Y así fue. Ese día me desperté y sabía que tenía que ir.
Después de almorzar guardé mis flautas en la mochila, me colgué la gaita y salí caminando por Liniers. Sabía que si seguía derecho por esa calle iba a llegar justo al jardín.
En el trayecto pensaba qué iba a decir para explicar que sólo iba de visita y que, si ellos querían, podía tocar un poco la gaita para regalarles un poco de lo que hago. También me acordaba de Samuel y de mi infancia, sensaciones. Pero enseguida supe que tenía que dejar que la cosa fluya, y que, más que nunca, todo iba a estar bien.
Entré y, tratando de reconocer los espacios, pregunté por alguien con quien pueda hablar. Así di con Marta, la directora del jardín. Le conté lo más claramente posible quién era y qué hacía yo ahí. Después de charlar un ratito con ella y una señora mas, que estaba presente, me invitó a recorrer el jardín. El patio, la “ex-cocina”, la “cocina nueva”, algunas personas que trabajan ahí, y las salas con sus integrantes dentro.


Fue una de las “seños” la que dijo “- ¿y trajiste algún instrumento para mostrarnos?-”. Así fue como salimos todos al patio y pude devolverle a mi jardín un poco de lo que me dio cuando yo fui. Había muchas caras de asombro y curiosidad entre el público. Y yo trataba de tocar y a la vez grabarme cada mirada y gesto en las caras de los pequeños. Esa situación, para mí, era el deseo hecho realidad. Una “loca” idea hecha realidad casi sin querer,…queriendo.


Toqué varias melodías y expliqué un poco de qué se trataba el instrumento que estaba tocando. Y los nenes de salita de 5 me enseñaron un saludo mapuche.


Me resulta difícil expresar lo que significó ese encuentro, para mí. Siempre creí que cuando pasa eso es porque no hace falta decir nada. Es para uno eso que se quiere decir y que no se puede.
Pero de todas maneras quise, con éste collage, dejar un registro del encuentro.
Pasaron 16 años para que yo volviera a mi jardín y sentí que debía escribirlo para que quede bien presente.



Agradezco mucho al Camino y sus viajeros por haberme dejado llegar a éste lindo momento, que no es puerto sino ánimo para seguir adelante.
Muchas gracias a Lili, a la gente toda del jardín y a los nenes todos y cada uno.

sábado, 25 de octubre de 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

sábado, 23 de agosto de 2008

lunes, 4 de agosto de 2008

La Chica Perdida

Hace unos meses que estoy trabajando en varios kioscos. En uno de ellos encontré varios papeles y cosas olvidadas. Entre ellas estaba ésta foto.
No sé por qué, pero la guardé. Quizás por ese pensamiento que siempre me sigue, el de las cosas que nunca llegan a destino, que se pierden y son olvidadas. Me genera mucha curiosidad eso.
Y al ver ésta foto una sensación extraña e incoherente se asoma tímidamente...
En fin...no tiene sentido buscarle la razón a algo que no la tiene.